BIENVENIDOS AL BLOG DE LITERATURA UNIVERSAL DEL IES JOAQUÍN RODRIGO EN MADRID.

"La eternidad es una rara virtud de la literatura". Adolfo Bioy Casares.







4º ESO LIU

martes, 7 de marzo de 2017

MUJERES LITERARIAS PARA EL DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA 2017. HAY QUE HACERLAS VISIBLES.


El extraño caso de las hermanas Brontë

Uno de los episodios más fascinantes de la literatura: tres hermanas rozando la treintena se recluyen en casa huyendo de las rígidas ataduras de la Inglaterra victoriana para convertir su imaginación y vivencias en obras maestras como 'Jane Eyre' o 'Cumbres Borrascosas'. En 'Todo ese fuego' (Planeta), su última novela, Ángeles Caso se adentra en el universo de Haworth, patria de Charlotte, Emily y Anne Brontë.




FOTO: GETTY
En lo más alto del pueblo de Haworth, al norte de Inglaterra, entre el cementerio y el paisaje rocoso de los páramos, se levanta una casa de ladrillo oscuro con dos hileras de ventanas blancas. Una vivienda firme y sobria, construida a finales del siglo XVIII para ser el hogar de los pastores anglicanos del lugar. Entre 1820 y 1855, en ese edificio discreto ocurrió un hecho excepcional: allí vivieron y crearon sus obras, escondidas del mundo, tres mujeres geniales, las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne.

“Como cachorritos sin dueño, solían pasear solas por los páramos y algunos afirmaban haberlas visto declamando poemas en lo alto de una roca. Aunque lo más raro de todo era que las crías se pasaban el tiempo leyendo y escribiendo. Leían de todo”
Nadie de su entorno lo sospechó. Las Brontë eran raras, desde luego. Tres solteronas, como sin duda las llamarían entonces, a las que muchos recordaban de pequeñas, criándose de una manera un tanto salvaje en compañía de su hermano Branwell. Las hijas del reverendo Patrick Brontë –un irlandés de origen campesino que se había doctorado en Cambridge gracias a una beca– estaban bien educadas y eran corteses y decentes, pero desde niñas tenían costumbres extrañas. Quizá fuera porque habían perdido muy pronto a su madre y, casi de inmediato, a sus dos hermanas mayores, arrasadas por la tuberculosis. El caso es que, como cachorritos sin dueño, solían pasear solas por los páramos, bajo el sol o bajo la nieve, y algunos afirmaban haberlas visto declamando poemas en lo alto de una roca. Aunque lo más raro de todo era lo que hacían dentro de la casa, donde las crías se pasaban el tiempo leyendo y escribiendo.

Leían cualquier cosa: los poemas de Byron o las novelas de Walter Scott, los clásicos, y también sesudas revistas de literatura y hasta los diarios de Londres, con aquellos complejos asuntos políticos tan poco adecuados para unas muchachas y sobre los que luego ellas se atrevían a expresar sus propias opiniones. Y, para colmo, desde muy pequeñas, escribían sin cesar, quién sabía qué, tal vez poemas e historias semejantes a las que leían en los libros, cosas de guerreros y doncellas seducidas y sangrientas batallas. Cosas que podía permitirse Branwell, el varón, pero no unas jovencitas que debían dar ejemplo tan sólo de piedad y virtudes domésticas.

Branwell tenía talento e inteligencia. Todo el mundo sabía que estaba destinado a hacer una gran carrera. Dirigido por su propio padre, era un buen estudiante y poseía grandes dotes para la música y la pintura. Seguramente terminaría por marcharse a Londres y convertirse en alguien importante, un pintor famoso, un escritor reconocido, un político de peso.

Pero el destino de las chicas era otra cosa. Las hijas de un pastor tan sólo podían hacer dos cosas en la vida: casarse o, de no lograrlo, dedicarse a la enseñanza de niñas. Una mujer de su clase no podía permitirse ningún trabajo de tipo manual o que la obligase a estar en contacto con el público, exponiendo su honra. En cuanto a las profesiones de prestigio, las que implicaban conocimientos profundos y gran inteligencia y que conllevaban buenas ganancias y renombre, ese era territorio exclusivo de los hombres, absolutamente vedado al género femenino: una mujer no podía ser médica, ni abogada, ni juez, ni política, ni catedrática, ni ingeniera, ni nada que se le pareciese. Ni siquiera podía acceder a la universidad, aunque sólo fuera por placer.

Una joven de una familia decente sólo debía prepararse para cumplir con el gran cometido de la vida, ser buena esposa y madre. Pero casarse no era un asunto tan fácil: hacía falta poseer una dote aceptable, o belleza, o al menos un carácter sumiso. Las hermanas Brontë no cumplían ninguno de esos requisitos. Su padre no tenía ni un centavo, salvo su exiguo sueldo de párroco de la Iglesia anglicana. La belleza se había olvidado de detenerse sobre la casa rectoral de Haworth y dejar caer allí un poco de su preciado polvo dorado. Y el carácter de las muchachas, con su tendencia a querer saber de todo y a mantener sus opiniones en voz alta, no parecía hacer de ellas las mejores compañeras para un hombre de bien.

A medida que crecían, estaba cada vez más claro que iban a tener que dedicarse a la enseñanza. Al menos, Charlotte y Anne. Emily era demasiado huraña, demasiado sensible, y enfermaba gravemente siempre que se alejaba de casa y debía relacionarse con extraños. Se decidió que se quedase en Haworth, ocupándose junto a una sirvienta de las tareas domésticas y cuidando del padre. Ella convirtió ese espacio en un refugio en el que podía desarrollar al margen de cualquier mirada ajena lo mejor de sí misma: sus interpretaciones al piano, su extraordinaria poesía y, también, el aprendizaje del francés y el alemán, que estudiaba en la cocina, mientras pelaba patatas y horneaba el pan.





A lo largo de 1846, las tres hermanas se encerraron en casa, se repartieron las tareas domésticas para después trabajar en el comedor. Charlotte escribió ‘Jane Eyre’; Emily, ‘Cumbres Borrascosas’, y Anne, ‘Agnes Grey’
Charlotte y Anne, en cambio, se vieron obligadas a alejarse de aquel hogar que tanto amaban para trabajar como profesoras en internados o como institutrices de los hijos de familias ricas, sintiéndose frustradas y humilladas: tenían la sensación de estar malgastando sus vidas. Lo peor era el trato de sus empleadores, gentes mucho más incultas que ellas y que, sin embargo, amparadas en su riqueza, las miraban con superioridad, considerándolas miembros del servicio. Anne parecía resignada, pero Charlotte vivía en una constante tensión, confrontando la realidad que le tocaba vivir con sus sueños, especialmente con el viejo anhelo de convertirse en escritora. Envidiaba la suerte de los hombres, que podían hacer lo que les diera la gana sin que nadie les pusiera barreras.

Buscando una solución, intentó organizar una escuela en la propia casa de Haworth, pero no pudo llevarlo a cabo debido al estado de Branwell: el muchacho en el que se habían centrado todas las esperanzas de la familia iba de fracaso en fracaso y se refugiaba cada vez más en el alcohol y el opio, utilizado entonces como analgésico y fácil de conseguir en las farmacias. Branwell se volvía violento, y sus hermanas se desesperaban.

Fue en medio de esa situación crítica, acuciadas por la necesidad económica y por su ansia de no volver a separarse, cuando las hermanas Brontë decidieron probar suerte como autoras. Puesto que llevaban escribiendo desde muy jóvenes, ¿por qué no intentar publicar? En 1846 editaron una selección de sus poemas. Pero lo hicieron bajo seudónimos: no querían herir a Branwell ni provocar suspicacias entre sus conocidos. Una mujer que se atreviese a publicar era vista con una enorme desconfianza, y toda clase de sospechas se abalanzaban de inmediato sobre su reputación. Firmaron con los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell, como si se tratase de tres hermanos. El libro obtuvo buenas críticas, pero vendió un único ejemplar. Charlotte entonces animó a sus hermanas a probar suerte con la novela, un género que generaba más ingresos que la poesía.

Fue así como, a lo largo de 1846, las hermanas ­Brontë permanecieron encerradas en la casa rectoral de Haworth, repartiéndose las tareas domésticas para después, por las tardes, trabajar las tres juntas en el pequeño comedor de la vivienda, en secreto para su hermano y sus vecinos. Charlotte –que acababa de cumplir los treinta años– escribió Jane Eyre. Emily –veintinueve–, Cumbres Borrascosas. Y Anne –veintisiete–, Agnes Grey. Las tres utilizaron elementos autobiográficos para componer sus historias: experiencias, amores frustrados, sueños y deseos ocultos fueron vertidos por ellas en aquellas obras que, tras ser publicadas con sus seudónimos, provocaron intensos reproches morales por parte de los críticos literarios de la sociedad victoriana: ¿quiénes eran esos misteriosos tres hermanos que se atrevían a escribir unas novelas en las que las mujeres no eran seres pasivos y sumisos, sino personas complejas, llenas de ansias y rebeldía y autoconsciencia?

Aun así, las obras se abrieron camino entre los lectores, asombrados por toda aquella pasión que las hermanas habían sabido describir con un atrevimiento inaudito. Emily, molesta por las duras críticas recibidas, decidió sin embargo no volver a publicar nunca más, y regresó serenamente a su cocina, sus poemas, su música y sus lecturas en alemán, además de sus largos paseos por las montañas. Charlotte y Anne, en cambio, se animaron a seguir escribiendo. Charlotte inició Shirley, una obra con trasfondo político, y Anne, La inquilina de Wildfell Hall, una sorprendente novela sobre la capacidad de una mujer para superar los estrechos límites impuestos por la sociedad.

Pero entonces, cuando creían haber alcanzado su sueño, la tragedia decidió dirigir su mirada perversa hacia aquella familia: en septiembre de 1848, devorado por el alcoholismo y la drogadicción, moría Branwell, con tan sólo treinta y un años. Emily no logró recuperarse de la pérdida de ese hermano al que había cuidado con devoción y, debilitada por una veloz tuberculosis, murió en diciembre, a los treinta años. Tan sólo cinco meses después, en mayo de 1849, fallecía también Anne, destruida por la misma enfermedad maldita.

Sin la compañía adorada de sus hermanas, Charlotte siguió como pudo adelante. Dio finalmente a conocer la verdadera identidad de los hermanos Bell. Continuó escribiendo –publicó en total cuatro novelas– y, como si el destino hubiera querido ser un poco clemente con ella después de tanto dolor, pudo disfrutar del éxito y del respeto de muchos escritores, a los que asombraba el inmenso talento de aquella mujer diminuta y de sus hermanas muertas. Incluso, a pesar de su edad y de la opinión en contra del reverendo Brontë, se casó a los treinta y siete años con el coadjutor de su padre. Unos meses después, en marzo de 1855, murió a consecuencia de las complicaciones de un embarazo tardío.

Patrick Brontë vivió aún seis años, viendo cómo la fama de sus hijas crecía de día en día y numerosos visitantes llegaban a Haworth en busca de algún indicio que aclarase la razón del misterioso genio de las hermanas Brontë, convertidas ya en mitos de la literatura inglesa. Cuando él falleció en 1861, la familia se extinguió al completo, como una rara planta que hubiese brotado con un esplendor inaudito durante un breve tiempo para luego desvanecerse, dejando tras de sí la huella de su belleza.

Texto de Ángeles Caso 13/09/2015 http://www.magazinedigital.com


miércoles, 14 de diciembre de 2016

MITO DEL DON JUAN LITERARIO EN EUROPA

DON JUAN

La figura del Don Juan, creada por Tirso de Molina en El burlador de Sevilla y recreada por José Zorrilla en el siglo XIX en su Don Juan Tenorio ha sido una de las aportaciones más productivas de la literatura española a la cultura europea: una opera, el Don Giovanni de Mozart, un poema sinfónico de Richard Strauss, el Don Juan de Molière o el de Lord Byron son muestra suficiente de la influencia que este personaje ha tenido a lo largo del tiempo en todos los campos de la creación. 
El Don Juan, el burlador, debía de existir ya en el imaginario popular antes de cobrar cuerpo literario y su pervivencia como mito se debe en realidad a un talante moralizador y profundamente católico que pretende mantener dentro del orden establecido la vida y el pensamiento del pueblo. Lo que representa Don Juan es la ruptura absoluta de todas las normas y reglas preestablecidas. Ni la moral de la iglesia ni la justicia de los hombres tienen valor alguno, únicamente la vida como juego y disfrute tiene sentido. Ese es posiblemente uno de los sueños más antiguos del ser humano: una vida vivida en absoluta libertad, y esa es la mayor pesadilla imaginable para la rígida mentalidad de la España de la Contrarreforma. El burlador de Sevilla acaba trágicamente con un Don Juan abrasado por el fuego del infierno, el Don Juan de Zorrilla muere tras arrepentirse, redimido por el amor. Su conducta ha sido errónea y es justamente castigada. Ese desenlace, curiosamente, ha sido olvidado en la trasposición del mito a la realidad: hoy "ser un Don Juan" es un halago, el mayor elogio que se le puede hacer a un "macho". Si un hombre recibe tal calificativo tenemos que entender que, en primer lugar, una de sus principales ocupaciones es la de seducir mujeres, y en segundo lugar, que además las mujeres caen literalmente rendidas a sus pies. Un par de versos conocidos por casi todo el mundo y esa idea básica del hombre capaz de seducir a cualquier mujer, incluyendo a una monja, es todo lo que ha quedado del Don Juan. ¿Qué motivos han llevado a una simplificación tan radical de un personaje literario lleno en sus orígenes de matices y contradicciones morales?

Es cierto que es tradición el representar el Don Juan Tenorio de Zorrilla en muchos teatros españoles durante la festividad de Todos los Santos el día 1 de noviembre, y que es seguramente una de las obras literarias que cualquier español conoce, al margen de su nivel cultural o condición social ( conoce el nombre y en muchas ocasiones el argumento, lo que no quiere decir que la haya leído); sin embargo, al menos desde mi punto de vista, la frivolización del mito ha hecho olvidar el trascendente retrato que Tirso de Molina hizo de la condición humana mediante ese personaje contradictorio que, empujado por su absoluto egoismo, enfrenta duramente la esencia del instinto con las creencias religiosas, normas de conducta y leyes, a menudo absurdas, con que el hombre civilizado ha intentado someter ese instinto a lo largo de los siglos.











DON JUAN de Lord Byron
Acercamiento irónico y satírico del poeta romántico Lord Byron a la legendaria figura del mujeriego Don Juan que anteriormente había sido popularizado por Tirso de Molina, Goldoni o Moliere y con posterioridad lo haría por José Zorrilla.
Desarrollado en dieciseis cantos, esta visión (autobiográfica) del conquistador amoroso, presentado por Byron desde una perspectiva netamente romántica y atípica del seductor, está considerado como el mejor trabajo literario del autor inglés.
Leamos unos fragmentos traducidos al español:
Busco un héroe, búsqueda poco frecuente
Cuando cada año y cada mes se inventa uno
hasta que, tras saturar las revistas con su palique
La gente descubre que no era auténtico.
No voy a molestarme a ensalzar a uno de éstos.
Por contra, prefiero a Don Juan, nuestro viejo amigo.
Todos le conocemos en la pantomima enviado
al infierno un poco antes de tiempo
Nació en Sevilla, ciudad magnífica
y famosa por sus naranjas y mujeres.
Quien no la haya visitado tiene mucho que lamentar.
Así reza el proverbio, y convengo en ello.
De todas las ciudades de España no hay otra más hermosa
excepto Cádiz quizá. Enseguida lo veréis.
Los padres de Don Juan vivían junto al río,
ese noble caudal llamado Guadalquivir
Es una pena que doncellas educadas se casen
siempre con personajes carentes de ilustración
o caballeros que, aunque de buena familia y crianza,
sean sordos a la disquisición científica.
Más prefiero no mencionar estas mentalidades,
soy un hombre sencillo y he visto pocas cosas
pero, ¡ah, maridos de damas intelectuales!
decidnos sinceramente, ¿no os han vuelto unos calzonazos?


La verdadera historia de Don Juan.

El Don Juan de Lord Byron, a pesar de ser una obra inconclusa, es una obra que aporta una nueva mirada al personaje: ya no es el rufián, burlador e insensible que Tirso presenta sino un niño, un joven, lo suficientemente bueno como para no irse al infierno. Tenemos a un Don Juan a quien le ocurren diversas desgracias y que logra salir airoso de ellas. Su fama entre las mujeres se basa en sus historias, su atractivo, su sinceridad y nobleza. Sin proponérselo, más de una cae ante sus pies: una mujer casada, la hija de un pirata, una sultana, una emperatriz, una duquesa... De diversas edades pero todas bellamente impresionantes, se ven atraídas ante este joven español que tiene la habilidad de entenderlas (literalmente), apreciarlas y protegerlas. Es un personaje lo bastante inteligente para aprender diversos idiomas, hábil en la batalla y un buen amante.

La obra es bastante larga y muy interesante pero está plagada de sarcasmos, escenas irónicas y burlas que hace el autor a otros personajes de su momento; pero Lord Byron, quien muestra una antítesis de lo que enseñaba Tirso de Molina, sabe cómo explotar las cualidades de su joven Juan. Un personaje quien, sin bien no es malvado, sigue siendo atractivo incluso para los lectores. El ser bueno no le quita su derecho a ser querido tanto por el narrador, las mujeres e incluso a aquel lector que se atreva a enfrentarse al sarcasmo puro de Byron.

Don Juan es un arquetipo del hombre libertino. Sus primeras historias datan de 1630, aunque se especula que su antigüedad es todavía mayor. Muchos autores y compositores se ocuparon de él, entre ellos, Tirso de Molina, Molière, José de Espronceda, Mozart, E.T.A. Hoffmann, Alexander Pushkin y Søren Kierkegaard, por citar solo algunos.

Este giro  en el personaje de Don Juan  le permite a Lord Byron retratar uno de los mejores Don Juanes de la literatura a través de dieciséis cantos épicos que también conforman su obra maestra.

La figura de Don Juan tiene grandes similitudes con la personalidad de escritores como Giacomo Casanova o el Marqués de Sade, grandes seductores en la literatura y el teatro.

jueves, 3 de noviembre de 2016

LOS ALUMNOS DE LITERATURA UNIVERSAL NOS VAMOS AL TEATRO. LA ILIADA EN EL CONDE DUQUE




Esta mañana de noviembre soleada ha sido estupenda para acercarnos al teatro clásico: La Ilíada de Homero ha sido la obra elegida. LA Joven Compañía representa en el Teatro Conde Duque las dos obras emblemáticas de Homero en un proyecto que lleva su nombre: La Ilíada y la Odisea.


Para abrir boca ...





La representación ha sido magistral y la adaptación de esta compañía con un texto cercano al público joven, sin perder en ningún momento la esencia eterna de la obra clásica ha sido todo un acierto.
Hemos ido con los alumnos de 2º PMAR y la experiencia ha resultado excelente. Todos los alumnos se han comportado muy bien, y es que la ocasión lo merecía: una primera fila para nosotros y un contacto directo con los actores hace que se respire el teatro por los cuatro costados.












El teatro estaba lleno, pero lleno de un silencio y de un respeto que dice mucho de todos estos adolescentes que entienden e interpretan la obra clásica. Ha habido momentos de duende, francamente.



Y el coloquio posterior con los actores ha sido muy rico en pequeños detalles, en sutilezas que se nos escapaban al resto. Todo el elenco de actores ha compartido con nosotros sus vivencias teatrales.




Una experiencia inolvidable. Veremos si podemos ver la Odisea también!!!

AQUÍ DEJAMOS UN TRAILER POR SI ACASO NOS ANIMAMOS....

miércoles, 2 de noviembre de 2016

SHAKESPEARE. VIDA .

lunes, 9 de mayo de 2016

POEMAS DE WALT WHITMAN . POESÍA S. XX





Walt Whitman
(West Hills, EE UU, 1819 - Camden, id., 1892) Poeta estadounidense. Hijo de madre holandesa y padre británico, fue el segundo de los nueve vástagos de una familia con escasos recursos económicos. Pasó sólo ocasionalmente por la escuela y pronto tuvo que empezar a trabajar, primero, y a pesar de su escasa formación académica, como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta.


Walt Whitman (Retrato de Eakins, 1887)

Allí se despertó su afición por el periodismo, interés que le llevó a trabajar en varios diarios y revistas neoyorquinos. Nombrado director del Brooklyn Eagle en 1846, permaneció en el cargo sólo dos años debido a su disconformidad con la línea abiertamente proesclavista defendida por el periódico. Su afición por la ópera (género que influyó enormemente en su obra poética) le permitió coincidir en una noche de estreno con un dirigente del periódico de Nueva Orleans Crescent, quien lo convenció para que dejara Nueva York y aceptase una oferta para trabajar en el diario.

Durante el viaje hacia al Sur, que emprendió en 1848, tuvo la oportunidad de contemplar una realidad, la de provincias, para él totalmente desconocida y que, en definitiva, sería decisiva para su carrera futura. Por todo este conjunto de experiencias, cuando regresó a Nueva York, unos meses después, abandonó el periodismo y se entregó por completo a la escritura.

La primera edición de su gran obra, sin embargo, no vio la luz hasta 1855. Esta primera edición de Hojas de hierba (Leaves of grass) (habría otras ocho en vida del poeta) constaba de doce poemas, todos ellos sin título, y fue el propio Whitman quien se encargó de editarla y de llevarla a la imprenta. De los mil ejemplares de la tirada, Whitman vendió pocos y regaló la mayoría, uno de ellos a Ralph Waldo Emerson, importante figura de la escena literaria estadounidense y su primer admirador. Su crítica, muy positiva, motivó a Whitman para seguir escribiendo, a pesar de su ruinosa situación económica y de la nula repercusión que, en general, habían tenido sus poemas.

Al año siguiente apareció la segunda edición y, cuatro años más tarde, la tercera, que amplió con un poema de presentación y otro de despedida. La noticia de que su hermano George había sido herido, al comienzo de la Guerra Civil, le impulsó a abandonar Nueva York para ir a verle a Fredericksburg. Más tarde se trasladó a Washington D.C. donde, apesadumbrado por el sufrimiento de los soldados heridos, trabajó voluntariamente como ayudante de enfermería. Tras el fin de la contienda, se estableció en Washington, donde trabajó para la Administración. Allí publicó varios ensayos de contenido político, en los cuales defendía los ideales democráticos, pero rechazaba el materialismo que, a su juicio, impregnaba la vida y las aspiraciones de la sociedad estadounidense.

Aquejado de varias enfermedades, en 1873 se vio obligado a abandonar Washington y trasladarse a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética, y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba.

Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa, a la vez que creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente. El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos de su poética; en línea con el romanticismo del momento, propuso en su poesía una comunión entre los hombres y la naturaleza de signo cercano al panteísmo. Tanto por sus temas como por la forma, la poesía de Whitman se alejaba de todo cuanto se entendía habitualmente por poético, aunque supo crear con los nuevos materiales momentos de hondo lirismo.


( Información sacada de biografiasyvida.com)





LO QUE SOY DESPUÉS DE TODO

¿Qué soy, después de todo, más que un
niño complacido con el sonido
de mi propio nombre? Lo repito una y otra
vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de
escucharlo.

También para ti tu nombre:
¿Pensaste que en tu nombre no había otra
cosa que más de dos o tres inflexiones?
Con el reflujo del océano de la vida

" (...) Mientras recorro las playas que no conozco
mientras escucho la endecha
las voces de los hombres y mujeres náufragos
mientras aspiro las brisas impalpables que me asedian
mientras el océano, tan misterioso
se aproxima a mi cada vez más
yo no soy sino un insignificante madero abandonado por la resaca
un puñado de arena y hojas muertas
y me confundo con las arenas y con los restos del naufragio.
Oh! desconcertado, frustrado, humillado hasta el polvo
oprimido por el peso de mi mismo
pues me he atrevido a abrir la boca
sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos ecos oigo
jamás he sospechado qué o quién soy
a no ser que, ante todos mis arrogantes poemas
mi yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado
señero, apartado, escarneciéndome con señas y reverencias burlonamente amables
con carcajadas irónicas a cada una de las palabras que he escrito
indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena en que asiento mis pies.
Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más pequeño
y qué ningún hombre puede comprenderlo.
La naturaleza está aquí a la vista del mar
aprovechándose de mí para golpearme y para herirme
porqué me he atrevido a abrir la boca para cantar.

He oído lo que decían los charlatanes sobre el principio y el fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora,
Y nunca habrá otra perfección que la de ahora,
Ni más cielo o infierno que éstos de ahora.
Instinto, instinto, instinto.
Siempre el instinto procreando el mundo.
Surgen de la sombra los iguales, opuestos y complementarios, siempre sustancia y crecimiento, siempre sexo,
Siempre una red de identidades, siempre distinciones, siempre la vida fecundada.
De nada vale trabajar con primor; cultos e ignorantes lo saben.
Seguro como lo más seguro, enclavado con plomo en las columnas, abrazado al poste firme,
Fuerte como un caballo, afectuoso, soberbio, ecléctico,
Yo y este misterio aquí estamos frente a frente.
Limpia y tierna es mi alma, y limpio y tierno es todo lo que no es mi alma,
Si falta uno de los dos, ambos faltan, y lo visible es prueba de lo invisible,
Hasta que se vuelva invisible y haya de ser probado a su vez.
Cada época ha humillado a las otras enseñando lo mejor y desechando lo peor,
Y yo, como conozco la perfecta justeza y la eterna constancia de las cosas,
No discuto, me callo, y me voy a bañarme para admirar mi cuerpo.
Hermoso es cada uno de mis órganos y de mis atributos, y los de todo hombre bello y sano,
Ni una pulgada de mi cuerpo es despreciable, y ni una debe ser menos conocida que las otras.
Me siento satisfecho: miro, bailo, río, canto;
Cuando mi amante compañero de lecho, que ha dormido abrazado a mí toda la noche, se va con paso quedo al despuntar el alba,
Dejándome cestas cubiertas con lienzos blancos que llenan con su abundancia mi casa,
Yo las acepto con naturalidad, ¿pues habría de tasarlas hasta el último céntimo para conocer exactamente el valor de su regalo?

¿Quién anda por ahí anhelante, místico desnudo?
¿Cómo es que saco fuerzas de la carne que tomo?
¿Qué es un hombre, realmente? ¿Qué soy yo? ¿Qué vosotros?
Cuanto diga que es mío deberás apropiártelo.
De otra forma, escucharme sería perder tu tiempo.
No voy gimoteando a través de la tierra:
Que los meses se pasan, que la tierra es fangosa, miserable y muy sucia.
Gemidos y plegarias serviles son remedios para enfermos e inválidos; quede el conformarse muy lejos de mi vida,
Yo me pongo el sombrero dentro y fuera de casa.
¿Por qué tengo que orar? ¿Y adorar y andar con ceremonias?
Después de escudriñar en los estratos, de analizarlo todo, de hablar con los expertos y calcular minucias,
He llegado a saber que el sebo más sabroso va adherido a mis huesos.
Me veo en todos, ninguno es más que yo, ni es menos un grano de cebada.
Sé que soy fuerte y sano,
Todo marcha hacia mí, constantemente,
Todo me escribe y debo descifrar lo que me dice.
Sé que soy inmortal.
Sé que mi órbita no podrá ser descrita con compás de artesano,
Que no me perderé como se apaga la espiral que en la sombra traza un niño con fuego de un carbón encendido.
Sé que soy venerable,
Y no fuerzo a mi espíritu a que explique o defienda,
Pues las leyes más fijas nunca piden disculpas
(Después de todo no soy más orgulloso que el cimiento que sustenta mi casa),

Existo como soy, con eso basta,
Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho,
Lo mismo que si todos y uno a uno lo saben,
Hay un mundo al que tengo por el mayor de todos, que soy yo y que lo sabe,
Si llego a mi destino, ya sea hoy ya sea dentro de millones de años,
Puedo aceptarlo ahora o seguir aguardando, con igual alegría.
La base donde apoyo mis pies es de granito,
Me río cuando dicen que puede disolverse,
Porque conozco lo que dura el tiempo.


Cosmos

" Quién contiene a la diversidad y es la Naturaleza
quién es la amplitud de la tierra y la rudeza y sexualidad de la tierra
y la gran caridad de la tierra, y también el equilibrio
quién no ha dirigido en vano su mirada por las ventanas de los ojos
o cuyo cerebro no ha dado en vano audiencia a sus mensajeros
quién contiene a los creyentes y a los incrédulos
quién es el amante más majestuoso
quién, hombre o mujer, posee debidamente su trinidad de realismo
de espiritualidad y de lo estético o intelectual
quién después de haber considerado su cuerpo
encuentra que todos sus órganos y sus partes son buenos
quién, hombre o mujer, con la teoría de la tierra y de su cuerpo
comprende por sutiles analogías todas las otras teorías
la teoría de una ciudad, de un poema
y de la vasta política de los Estados
quién cree no sólo en nuestro globo con su sol y su luna
sino en los otros globos con sus soles y sus lunas
quién hombre o mujer, al construir su casa
no para un día sino para la eternidad
ve a las razas, épocas, efemérides, generaciones.
El pasado, el futuro, morar allí, como el espacio
indisolublemente juntos. "



Hojas de hierba (fragmento)

"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta. 
(...)
Creo que podría retornar y vivir con los animales, son tan plácidos y autónomos.
Me detengo y los observo largamente.
Ellos no se impacientan, ni se lamentan de su situación.
No lloran sus pecados en la oscuridad del cuarto.
No me fastidian con sus discusiones sobre sus deberes hacia Dios.
Ninguno está descontento. Ninguno padece la manía de poseer objetos.
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante los antepasados que vivieron hace milenios.
Ninguno es respetable o desdichado en toda la faz de la tierra.
Así me muestran su relación conmigo y yo la acepto. 
(...)
No pregunto quién eres, eso carece de importancia para mí.
No puedes hacer ni ser más que aquello que yo te inculco. " 

Y tú, mar... También a ti me entrego. Adivino lo que quieres decirme,
Desde la playa veo tus dedos que me invitan,
Y pienso que no quieres marcharte sin haberme besado.
Debemos estar un rato juntos: me desnudo y me llevas muy lejos de la costa,
Arrúllame y durmiendo al vaivén de tus olas,
Salpícame de espuma enamorada, que yo sabré pagarte.
Mar violento, tenaz y embravecido,
Mar de respiros profundos y revueltos,
Mar de la sal de la vida, de sepulcros dispuestos aunque no estén cavados,
Rugiente mar que, a capricho, generas tempestades o calmas,
También soy como tú: con uno y muchos rostros
Partícipe del flujo y del reflujo, cantor soy de los odios y de la dulce paz,
Cantor de los amantes que duermen abrazados
También doy testimonio del amor a mis prójimos:
¿Haré sólo inventario de todos mis objetos olvidando la casa que los tiene y cobija?
No soy sólo el poeta de la bondad, acepto también serlo de lo inicuo y lo malvado,
¿Qué son esos discursos que nos cuentan de vicios y virtudes?
El mal me sugestiona, y lo mismo la reforma del mal, mas sigo imperturbable.
¿Soy un inquisidor, un hombre que desprecia cuanto encuentra a su paso?
No soy más que aquel hombre que riega las raíces de todo lo que crece.
¿Te temes que la terca preñez sólo engendre tumores?
¿Pensabas que las leyes que rigen a los astros admiten ser cambiadas?
Encuentro el equilibrio en un lado lo mismo que en su opuesto.
Las doctrinas flexibles nos ayudan lo mismo que ayudan las más firmes,
Las ideas y acciones del presente nos despiertan y mueven,
Ningún tiempo es más bueno para mí que este ahora que me viene a lo largo de millones de siglos.
No hay nada de asombroso en las acciones buenas de antes o de ahora,
Lo asombroso es que siempre existan los malvados o los hombres sin fe.
Se borran el pasado y el presente, pues ya los he colmado y vaciado,
Ahora me dispongo a cumplir mi papel en el futuro.
Tú, que me escuchas allá arriba: ¿Qué tienes que decirme?
Mírame de frente mientras siento el olor de la tarde,
(Háblame con franqueza, no te oyen y sólo estaré contigo unos momentos.)

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes.)
Me dirijo a quienes tengo cerca y aguardo en el umbral:
¿Quién ha acabado su trabajo del día? ¿Quién terminó su cena?
¿Quién desea venirse a caminar conmigo?
Os vais a hablar después que me haya ido, cuando ya sea muy tarde para todo?

Ya he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,
Y he dicho que el cuerpo no vale más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo,
Que aquel que camina sin amor una legua siquiera, camina amortajado hacia su propio funeral,
Que tú o yo, sin tener un centavo, podemos adquirir lo mejor de este mundo,
Que el mirar de unos ojos o el guisante en su vaina confunden el saber que los tiempos alcanzan,
Que no hay oficio ni profesión tan bajos que el joven que los siga no pueda ser un héroe,
Que el objeto más frágil puede servir de eje a todo el universo,
Y digo al hombre o mujer que me escucha:
"Que se eleve tu alma tranquila y sosegada ante un millón de mundos."
Y digo a la humanidad: "No te inquietes por Dios,
Porque yo, que todo lo interrogo, no dirijo mis preguntas a Dios,
(No hay palabras capaces de expresar mi postura tranquila ante Dios y la muerte.)
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no le comprendo,
Ni entiendo que haya nada en el mundo que supere a mi yo.
¿Por qué he de desear ver a Dios mejor de lo que ahora le veo?
Veo algo de Dios cada una de las horas del día, y cada minuto que contiene esas horas,
En el rostro de los hombres y mujeres, en mi rostro que refleja el espejo, veo a Dios,
Encuentro cartas de Dios por las calles, todas ellas firmadas con su nombre,
Y las dejo en su sitio, pues sé que donde vaya
Llegarán otras cartas con igual prontitud.

poemas de hojas de hierba de Walt Whitman

La mayoría de estos textos provienen del Rubaiyyat (traducción de Ramón Hervas). Barcelona: Ediciones 29, 1993.



lunes, 4 de abril de 2016

ABRIL LITERATRIO: SHAKESPEARE Y CERVANTES



¿Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día?

El 23 de abril de cada año, se celebra el Día del Libro, que conmemora la muerte de William Shakespeare y Miguel de Cervantes en 1616. Sin embargo, las defunciones no sucedieron el mismo día, pues existía un desfase entre los calendarios inglés y español.

En 1582, el Papa Gregorio XII adelantó 10 días el calendario, de modo que el día 5 de octubre pasó a ser el 15 del mismo mes. Sólo Francia, Italia y España adoptaron inmediatamente este cambio. Inglaterra no lo hizo hasta 1752. Así, para los ingleses, Shakespeare murió el 23 de abril, pero para los países católicos ocurrió el 3 de mayo.
Cervantes y Shakespeare: ni se conocieron, ni se copiaron, ni murieron el mismo día.


Muchos expertos a lo largo de la historia han comparado y encontrado similitudes entre Don Quijote y Hamlet o el rey Lear, entre Sancho y Falstaff, en la novedosa mezcla de géneros que utilizaron los dos genios o, simplemente en su contemporaneidad de vida y de muerte. Pero, en realidad, las semejanzas entre ambos genios son escasas.











martes, 8 de marzo de 2016

Antón Chéjov. VANKA.





(Antón Pávlovich Chéjov; Taganrog, 1860 - Badenweiler, 1904) Narrador y dramaturgo ruso. Considerado el representante más destacado de la escuela realista en Rusia, su obra es una de las más importantes de la dramaturgia y la narrativa de la literatura universal. Su estilo está marcado por un acendrado laconismo expresivo y por la ausencia de tramas complejas, a las que se sobreponen las atmósferas líricas que el autor crea ayudado por los más sutiles pensamientos de sus personajes. Chéjov se apartó decididamente del moralismo y la intencionalidad pedagógica propios de los literatos de su época en una Rusia convulsa y preocupada por su destino, para apostar por un tipo de escritor carente de compromiso y pasión, plasmando una idea de la literatura que rechazaba el principio del autor como narrador omnisciente.


Antón Chéjov

Procedía de una familia de hábitos sencillos y escasos medios, cuya cabeza, el modesto mercader Pavel, era nieto de un siervo de la gleba. Chéjov acabó los estudios secundarios en Taganrog, donde permaneció solo tras la marcha de sus familiares a Moscú. Entre 1879 y 1884 cursó medicina en la universidad de la capital; pero, más interesado en la literatura que en la ciencia médica desde hacía algunos años, pospuso ésta a aquélla, y pronto difundió su nombre a través de varias narraciones humorísticas, reunidas en un libro titulado Cuentos de varios colores (1886).

Alentado por el escritor Grigorovich y el director del periódico Novoe vremja (Tiempo nuevo), Suvorin, con quien estableció una cordial y duradera amistad, y librado ya de las formas un tanto forzadas del cuento humorístico, hacia el año 1888 ya era ampliamente conocido por el público, tanto por su obra humorística como por textos de alcance más profundo, en los que la incisiva descripción de las miserias y la existencia humanas fueron desplazando los recursos humorísticos.

En ese año apareció, en la revista Severny Vestnik de San Petersburgo, el relato La estepa, inspirado en un viaje al sur del país, donde los idílicos paisajes de su infancia habían desaparecido por la industrialización, contra la que el autor se rebela. Aquí introdujo uno de los elementos más característicos de su enfoque narrativo: la supeditación del argumento a la atmósfera del relato. El punto de vista del autor omnisapiente se diluye en la mirada de un personaje, Egorushka, que no alcanza a comprender lo que sucede a su alrededor. Los elementos que mueve este relato aparecerán una y otra vez en la obra de Chéjov, pues La estepa está poblada por una galería de personajes (el campesino Dymov, el empresario Varlamov o el pope Kristofor) que constituyen una genuina representación del "inconsciente colectivo" de la Rusia finisecular.

Otro significativo relato del período que se abre a partir de 1888 (en el que el autor disminuyó el ritmo de su producción literaria: de unos cien relatos al año en 1886, pasa a escribir diez en 1888) es Una historia aburrida (1889), penetrante estudio de la mente de un viejo profesor de medicina, profesión que ejerció esporádicamente el propio Chéjov. Pertenece a una serie de obras del autor que fueron llamadas "clínicas", por tener como personajes a enfermos físicos o mentales. Acaso el relato más conocido de esa serie sea Palata Nº 6 (1892), acerba crítica de la psiquiatría en el que la relación entre el paciente Gromov y el doctor Ragin se resuelve dramáticamente con el ingreso del segundo en su propia clínica, para terminar muerto por mano de uno de los celadores.



En adelante, la existencia del autor careció de acontecimientos relevantes, excepto un viaje a la isla de Sakhalin, realizado a través de Siberia a la ida, y a lo largo de las costas de la India al regreso; de tal expedición dejó constancia en el libro La isla de Sakhalin (1891). Durante la penuria de 1892-93, que azotó a la Rusia meridional, Chéjov participó en la obra de socorro sanitario. Luego vivió largo tiempo en la pequeña propiedad de Melichovo, no lejos de Moscú, donde escribió la mayor parte de sus narraciones y de sus textos teatrales más famosos. Enfermo de tuberculosis, hubo de trasladarse a Crimea, y desde allí, por razones de la cura, realizó frecuentes viajes a Francia y Alemania.

En los últimos años del siglo se produjeron en su existencia dos hechos que sin duda modificaron su curso: la nueva orientación del escritor hacia la izquierda, que le alejó de su amigo Suvorin, conservador, y el éxito de su drama La gaviota en el Teatro de Arte de Moscú, de Stanislavski y Nemirovich-Danchenko. A sus nuevas tendencias y al ejemplo de Korolenko se debió también su dimisión de la Academia, que, tras haber nombrado miembro honorario a Gorki, acató la orden del gobierno y tuvo que anular el nombramiento.

La fortuna de La gaviota convenció inesperadamente a Chéjov de su capacidad como escritor dramático, tras sus propias dudas acerca de ello debidas al fracaso del mismo drama en el Teatro Aleksandrinski de San Petersburgo. A la obra citada siguieron, con no menor éxito, El tío Vania en 1898-99, Tres hermanas en 1901 y El jardín de los cerezos en 1904. Mientras tanto, el número de sus narraciones había aumentado considerablemente, y a algunas de ellas se debió su progresiva fama como representante asimismo del humor y el espíritu de su época y del característico producto de ésta, la "inteligentzia" (así Mi vida, La sala n.º 6, Relatos de un desconocido, El monje negro, Una historia aburrida, etc.).

Como en los dramas, también en las narraciones resulta posible percibir una atmósfera determinada: la que fue llamada precisamente "chejoviana", particular estado de ánimo definido por Korolenko como el de un alegre melancólico. Cabe advertir que existe un nexo entre el Chéjov jovial e irreflexivo de la adolescencia y la primera juventud, interesado, según describe su hermano, en la recopilación de anécdotas destinadas a facilitar su colaboración en las revistas humorísticas, y el de la madurez, inquieto como una gaviota que, en vuelo sobre el mar, no sabe dónde posarse (según la bella imagen empleada por la actriz Olga Knipper, que en 1898 llegó a ser su esposa).

La aguda intuición de la tristeza de la vida, que muchos atribuyen erróneamente sólo al Chéjov de los años maduros, se hallaba ya en él precisamente tras la alegría y la despreocupación del joven estudiante de medicina, oculto, como si de revelar su propia naturaleza se avergonzara, bajo algunos seudónimos. De la misma forma, la capacidad de ver a las criaturas humanas en envolturas hechas adrede para provocar la risa continuó caracterizando su estilo, aun cuando atenuada en matices de parodia, fantasía o espejismo, y de transposición, finalmente, fuera de la realidad cotidiana, hacia un hipotético futuro lejano.

Dentro de su diversidad, efectivamente, Chéjov resultó uniforme en cuanto a los aspectos artístico y espiritual. Como lo afirmó él de la existencia, se mostró a la vez extraordinariamente simple y complejo, y si pese a no juzgarse pesimista puso de relieve los pliegues más tristes y ocultos de la naturaleza humana, fue precisamente porque, según dijo él mismo, amó la vida. Todo ello, como es natural, quedó también reflejado en la forma, o sea en el estilo propiamente dicho. Sin embargo, la plena conciencia del valor artístico de la obra de Chéjov no se alcanzó hasta más tarde; sea como fuere, cabe recordar la admiración que hacia ella experimentaron Tolstoi y Gorki y la influencia ejercida por Chéjov, ya fuera de Rusia, en Katherine Mansfield.






 
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